Os muestro una sirena por 25 centavos

Vale, puede que la sirena no sea auténtica, pero tampoco os voy a cobrar los 25 centavos. Lo que sí es real es la historia que os contaré a continuación. No perdáis detalle.

El título de este artículo es, más o menos, la comidilla que se escuchaba en el Nueva York de 1842 cuando se anunció que se exhibiría una sirena auténtica por el entonces famoso P. T. Barnum, el descubridor de todo tipo de fenómenos de la naturaleza.

Las sirenas han formado parte de la mitología de los pueblos marineros a lo largo de la historia durante milenios. Lo curioso es que podemos encontrar referencias a estos seres desde Japón (Ningyo) a las islas de Escocia (selkies), e incluso África, donde Mami Wata (el espíritu del agua) a veces es descrita como una sirena.

Estas criaturas aparecen por primera vez en pinturas rupestres a finales del paleolítico, hace unos 30.000 años. Y todos conocemos a las sirenas griegas que trataron de liar a Ulises para que estampara su barco contra las rocas.

Así que no es de extrañar que, cuando apareció un tipo que afirmaba tener en su poder a uno de estos seres, la gente se lanzara en masa a verla (yo, desde luego, hubiera ido).

A esta sirena se la conoció enseguida como The Fejee Mermaid (la sirena de Fiyi). En la siguiente imagen podéis ver el anuncio con el que se publicitó el espectáculo.

Anuncio de la sirena de Fiyi
Anuncio publicado por P. T. Barnum en 1842

Colas kilométricas para ver a la sirena

Billy James tiene ocho años y mantiene agarrada la mano de su padre sin atreverse siquiera a separarse de él. En el pasillo en que se hallan, están rodeados de objetos extraños que le dan miedo al tiempo que despiertan su curiosidad, pero su padre no le permite acercarse a ellos. «Han ido a ver a la sirena —le dice—, no a entretenerse con bagatelas.

Unos metros por delante de donde se encuentran, una cortina de terciopelo rojo separa la sala en que se halla la criatura del resto del museo. De ese lugar salen los afortunados que han llegado antes y ya han podido verla, pero sus rostros no reflejan su suerte.

Salen pálidos, con ojos espantados. Algunos se cubren la boca con la mano y otros se secan el sudor de la frente con un pañuelo. Uno de ellos, incluso, pide ver al propio Barnum para que le devuelva el dinero. Afirma furioso que aquello es una estafa, que lo que ha visto no tiene nada que ver con lo que anuncian los carteles.

Ya casi en la cortina, se encuentra un grupo de hombres jóvenes que se pasan unos a otros una botella de vino. El que más habla es un tipo alto, con las mejillas sonrosadas y una alopecia prematura que le mantiene despejada la frente.

—Dicen que se le ven la tetas —afirma, y todos sus amigos ríen a carcajadas.

Cuando les llega el turno, Billy James los ve atravesar la cortina eufóricos. Él observa de nuevo el entorno. Es un pasillo en penumbra, iluminado con algunas luces de gas que dan una apariencia fantasmagórica a las figuras que llenan las estanterías. Fija entonces su mirada en unos tarros de cristal con unos pequeños seres dentro. Parecen muñecos, pero su padre dice que son auténticos.

Uno de ellos se asemeja a un bebé; sin embargo, sus cinco piernas le dan una apariencia grotesca. A Billy James se le ocurre que parece un calamar.

—Están cosidas —dice una mujer a su espalda. El niño se vuelve para mirarla—. Las piernas del bebé. Están cosidas. Este Barnum es un sinvergüenza. No sería de extrañar que lo de la sirena sea una trola.

En ese instante descorren la cortina los borrachos. Su expresión es sombría. El tipo alto ha perdido el color de sus mejillas y se acerca a una esquina para vomitar. Sus amigos lo ayudan y salen del lugar en silencio. Billy James aprieta aún más la mano de su padre a medida que se acercan a la cortina. Entra una pareja de novios que les precede. Ellos son los siguientes. Cuando salgan los novios, podrán entrar.

Después de un rato, la cortina se aparta. Aparece la joven con los labios apretados y expresión de asco. Su novio no lleva mejor cara. Billy James entra en la sala junto a su padre. No puede creer lo que ve. Aquello no le parece una sirena. Es algo espantoso que hace que aparte su vista al instante. Sabe que esa noche tendrá pesadillas.

Un dibujante de la época retrató a la criatura mientras se exponía en el Museo de Barnum en Nueva York. La Sirena de Fiyi que vieron Billy James y el resto de los visitantes tenía la siguiente apariencia:

Dibujo de la sirena de Fiyi
Dibujo realizado en 1842

Igualita que Ariel, como podéis ver.

¿De dónde salió la sirena?

Pues sus orígenes son algo oscuros, pero, por lo poco que sabemos, y como siempre sucede con estas cosas, la criatura fue obra de un tipo mitad listo y mitad cachondo mental.

Al parecer, a principios del siglo XIX, a un pescador japonés (que debía de estar sin blanca) se le ocurrió confeccionar un híbrido entre un mono y un salmón y decir que había encontrado una sirena. El tío era un artista, porque la obra le quedó genial. El caso es que desfiló con ella por su pueblo y por los pueblos vecinos afirmando que la sirena le había susurrado al oído, antes de morir, que se aproximaba una epidemia de esterilidad que asolaría las islas japonesas.

¿A que no sabéis cómo podían librarse de la maldición? Exacto, aflojando la tela. Según decía, la esterilidad no afectaba a los que tuvieran una imagen de la sirena. Así que se formó un boyante mercado de imágenes que se vendían como si fueran estatuillas de San Pancracio.

Parece ser que años después la adquirió un marinero japonés que se la vendió a un capitán mercante americano por 6.000 dólares (un tal Samuel Barret Edes). Como el americano no tenía tanto dinero, lo tomó de la caja de pagos del barco que comandaba. Lo que se conoce comúnmente como una malversación de fondos, vamos. Aunque eso al capitán no le inquietaba. Esperaba reponer el dinero exhibiendo a la sirena en los puertos en los que atracara, pero por lo visto su plan tenía algunas lagunas, así que el agujero no fue cubierto y el capitán acabó procesado en un tribunal de Londres.

El bueno de Samuel fue condenado a compensar a la compañía naviera trabajando gratis para ellos, pero al menos consiguió mantener la propiedad del bicho.

Cuando murió, le dejó la sirena en herencia a su hijo. Y este debió de ver aquello más como un problema que como una oportunidad y se la vendió a Moses Kimball, el dueño del Museo de Boston, en 1842. Este, a su vez, le mostró la criatura a P. T. Barnum, propietario del Museo Americano de Nueva York y un genio del marketing, y acordaron exhibirla en esta última ciudad ante el negocio que podía representar.

Museo Americano de P. T. Barnum
Museo Americano de Nueva York

¿Qué fue de la Sirena de Fiyi?

Pues a partir de estos primeros tiempos de éxito, la historia se vuelve más opaca. No hay más referencias a traslados ni a exposiciones en otros lugares, así que es de suponer que se mantuvo en Nueva York las siguientes décadas. Es probable que el interés que despertó al principio fuera languideciendo con el tiempo y la sustituyesen otros productos estrella. Como he dicho, Barnum era un genio del marketing y no paraba de lanzar nuevos fenómenos que atraían al público con la misma fuerza con que lo había hecho la sirena. Exhibió cocodrilos, hipopótamos (recordad que en aquella época no había documentales, esto animales eran vistos como auténticos monstruos) o personas con alguna característica física que pudiera ser descrita como una rareza en la época.

P. T. Barnum
P. T. Barnum acompañado de una de sus «atracciones»


A partir de 1856, se producen tres incendios en el Museo Americano de Nueva York. El primero ese año, un segundo el año 1868 y el tercero en 1872. Durante casi un siglo se pensó que la sirena había desaparecido entre las llamas de uno de esos tres fuegos.

Incendio del Museo Americano de Nueva York
Incendio del Museo Americano de P. T. Barnum

Sin embargo, en 1895 ocurre un hecho trascendental que podría cambiar esta percepción. Ese año muere Moses Kimball. No olvidéis que era el legítimo dueño de la sirena (Barnum tan solo se había ocupado de su exhibición). Entre los años 1897 y 1899, sus herederos donan sus colecciones al Museo Peabody de la Universidad de Harvard, y aquí puede haber una pista de lo que sucedió con la sirena.

En 1969, casi setenta años después de los hechos que estoy contando, un equipo de conservación del Museo Peabody encuentra por accidente en uno de sus almacenes un espécimen de un extraño animal con la cabeza y el torso simiescos y la cola de un pez en su parte inferior. Enseguida comparan las descripciones de Barnum y el dibujo de la Sirena de Fiyi con el ejemplar que tienen entre manos y llegan a la conclusión de que se trata de la misma criatura.

Lo cierto es que existe, a pesar del interés del Museo Peabody por afirmar que se trata de la misma sirena, cierta controversia dentro de la comunidad de historiadores acerca de que sea el mismo ser. Parece que hay algunas variaciones en el pecho y en las manos que podrían hacer sospechar; sin embargo, los que afirman que es la misma criatura alegan que, después de los años, la momificación ha podido modificar la estructura de la sirena. Además, según estos, es fácilmente rastreable hasta el Museo Peabody. Mirad un vídeo de la sirena de Harvard y juzgad vosotros mismos.

¿Qué pensáis? ¿Es el mismo bicho?

 

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